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   Cristo vino a Jerusalén no para “cumplir” la voluntad de Elohím (como dicen los evangelios), sino para desenmascararlo y combatir contra él. Por eso se vengaron los rabinos apropiándose de su doctrina y creando la versión judeo-cristiana del elohísmo. Los católicos romanos se asemejaron a los rabinos e incluso los han superado en maldad.

   Al ejecutar espiritualmente a Cristo (adscribirlo a Jehová), la iglesia de Pedro en lo sucesivo asesinó a no menos de siete mil (!) grandes cristos y teoengendradoras. Los malvados intentaban borrar toda la memoria sobre los ungidos de Minné.

   Pero es imposible borrar la memoria mnemónica.

   La rama de Juan guardaba la historia auténtica de Cristo. Ya en el siglo I existían miles de comunidades teogámicas en Escitia. Hasta mediados del siglo XX en Siberia todavía vivían los cristoveres. Y no sólo en Siberia, pero también en otras partes del mundo —en América, en Australia. Y siguen existiendo hasta el día de hoy.

 

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   ¡El verdadero Cristo no es como nos lo enseña el cristianismo! Éste es el mensaje principal que el autor desea transmitirnos. Después de desmentir la versión bíblica, nos entrega otra —aquella en la que se basaba la doctrina de los cátaros medievales, que hace 700 años fueron víctimas del genocidio  de Roma y que en el día de hoy se manifiestan de nuevo desde lo alto. El mensaje es sobre Cristo, como rey del amor divino que no viene del cruel Elohím del Antiguo Testamento, sino del Padre amante del puro amor.