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Beethoven – El Cristo del Segundo Gólgota. La espiritualidad es igual a la genialidad

Beethoven

Beethoven, Beethoven,

semejante a los inmortales dioses.

Consanguíneo de los héroes y primeros descubridores.

Beethoven.

Hay un fajo de ducados polvorientos en la mesa.

No hay manera de volver atrás, aunque quisiera.

El cuerpo ya se desgastó, la vejez ensordecida.

El legado pasó a no se sabe quién por una tontería.

La policía secreta no le quita los ojos de encima. Sin cesar lo espía.

La gripe lo llevó a un final inminente e inevitable.

Cirrosis hepática. Han envenenado al gran sufridor.

Dejaron sus huellas los años de soledad y persecución.

No tuvo tiempo de cerrar los párpados: llegó la policía a revisar su vivienda.

¿Y cómo vincular las represiones con la Buena Providencia?

En la mesa, un escrito de Schiller y una copia de Goethe.

La mano de alguien trazó un mensaje en el cuaderno de conversaciones.

Los manuscritos están valorados en diez mil ducados.

La sonata no acabada se interrumpió en un fatal y nervioso staccato.

Ha caído de su silla al echarse hacia atrás

—¡oh, por fin! se ha parado lo terrenal

¡el corazón inmortal ha empezado a funcionar!

Los amigos lagrimean. El entierro para el jueves está programado.

Pagó caro por rechazar el orden mundano.

El Cristo del Segundo Gólgota

Beethoven tiene permiso para estar en las salas de la Hesiquia. Su música refleja el Logos Inenarrable. ¡Ludwig es el rey de los hesicastas de Athos! Es libre de hablar sobre aquello que es imposible escuchar con el oído humano. La Sabiduría le ayudó a realizar aquello que los monjes han estado buscando durante décadas retirándose de los ruidos ajenos, rechazando el espíritu de este mundo, cortando los lazos vetustos. Tardó unos años en pasar el camino del caballero-luchador y escuchó lo que es imposible oír: Logos Endiathetos, el Verbo Inenarrable.

“Hay que volverse completamente sordo para escuchar las armonías del Organón Sempiterno”.

¡Cuán grandiosa es la resignación de Beethoven a la voluntad del Altísimo! Una cruz tan grande… Un compositor sordo es igual que un pintor ciego que pinta sin ver su tela o que un pertiguista sin piernas. ¿Acaso puede una persona soportar algo semejante?

Beethoven pasó su gólgota. Su cruz es la prueba directa del misterio de lo pasional. Se te quita lo habitual: la salud, la prosperidad… para concederte algo mayor.

Si Cristo en el Gólgota vivió un grandísimo sufrimiento, ¡imaginad lo que experimentó Ludwig van Beethoven! Cristo fue crucificado solo durante tres horas, y Beethoven sufrió veinticinco años. Vivió atormentado durante un cuarto de siglo: “¿Qué sentido tiene que sea sordo? ¿Acaso es un castigo?, ¿una tortura?, ¿una señal…?”. Comprendía que acabaría con su vida (los pensamientos de suicidio le visitaban también en los años posteriores al Testamento de Heiligenstadt) o entendería por qué sufre el ser humano…

Sufrió lo pasional en nombre de toda la Tierra. Lo que vivió este cristo musical de Viena es el sufrimiento extremo de un preso de Solovkí.

Con 30 años quería suicidarse. No compró una, sino dos pistolas. Para que no hubiese ningún fallo, su intención era disparar ambas al mismo tiempo. En el día fijado escribió su testamento, y dos horas más tarde estaba preparado para dispararse… Pero entre el mediodía y las dos de la tarde fue elevado al cielo. Se le apareció un cierto ser divino. No la Madre Divina ni Dios, era el Espíritu de la Gran Misericordia:

“En ningún caso debes partir. ¡El suicidio sería una derrota! Tu sordera es una condición de lo alto: ha sido ideada, providencialmente prescrita. Sí, vas a sufrir. Mas la sordera te dará algo que no se puede hallar en el estado humano ordinario: la música de los dioses. Debes volverte sordo a todo lo terrenal, y solo entonces se te concederá la música divina”.

El sufriente escuchó los primeros acordes de las armonías celestiales y comprendió que le había sido dada una cruz peculiar para que la Sala de la Misericordia, antes sellada, se revelase.

El máximo pasional y, a la vez, el máximo amor y misericordia.

Al superar los intentos de suicidio, Beethoven llegó a merecer la Sala blanca del duodécimo cielo, la de las unciones más elevadas, a donde pueden tener acceso solo los grandísimos ancianos sabios, los reyes espirituales de Hiperbórea, tales como Serafim de Sarov, Serafim de Solovkí, Jacques de Molay, Guillaume de Belibaste*…

El gran mensaje de Beethoven para toda la humanidad es: “¡Hombres, no temáis los sufrimientos! Después de los dolores insoportables que la mente humana no puede imaginar, os espera la gracia de la Omnimisericordiosa, el mar de la misericordia. Con lágrimas enternecidas rogaréis: “Dios, dame un sufrimiento mayor, solo para poder entrar de nuevo en esta luz…”. Vais a pedir una cruz aún mayor, ya que ante la faz de la misericordia superante más allá de los límites, el peso de la cruz humana se esfuma y se borra”.

“No te desesperes ni te hagas ilusiones” En las salas de la Misericordia Infinita de la Sabiduría, Beethoven se deshacía en lágrimas enternecidas: “¡Sí, la sordera es un don! ¡La única condición para que el terrestre entre en una luz imposible!”. Y solía decir, al igual que todas las personas sufrientes en cualquier parte del mundo: “¡Dios mío! ¡Consiento sufrir más y más para entrar en una luz todavía mayor!”.

El consolaméntum musical cátaro, que Beethoven recibió de lo alto cuando estaba al borde del suicidio, suena de la siguiente manera:

No te desesperes ni te hagas ilusiones. Llegará la hora de una gran alegría superante. ¿En un minuto?… ¿En mil años?… En el mundo eterno no hay tiempo. Cálmate. No te desesperes por ser sordo, tampoco te hagas ilusiones de que te volverá el oído. La recompensa por los dolores será cien veces mayor. Ya estás recibiendo lo que nadie aún ha llegado a merecer. Ahora no puedes comprenderlo, lo entenderás en la eternidad.

Beethoven pregunta a la Sabiduría que lo guía:

—¿Qué es lo que entenderé? Enfermo, infeliz, maldecido por el mundo, un genio solitario, sin poder escuchar lo que yo mismo toco. Estoy exhausto, me hostigué a mí mismo…

—Escucharás tu música, no la interpretación de los violines terrenales, ¡sino las corales y fanfarrias celestiales! La escucharás tal y como la escuchaste con tu oído interior y como no pudiste imprimirla en la partitura.

Beethoven, lleno de beatitud:

—¡He comprendido por qué me volví sordo! La música que se me dicta no se puede escuchar con el oído humano. ¡Es superior al hombre!

Una ley del Univérsum: para poder descubrir el sonido del Gran Silencio, se priva del oído terrenal; para que la vida divina se revele estando aún en la Tierra, se quita la vida terrenal; para poder gustar la beatitud celestial, se quita la felicidad terrenal… Recordad a los simples mortales que se convirtieron en los más grandes de los ungidos-cristos. Compartid sus destinos luminosos, haceos merecedores del cáliz de la comunión mírrica.

Al Beethoven ensordecido se le abrió la cresola: el mecanismo del oído espiritual capaz de escuchar el grito universal de socorro.

Existen miles de tipos de oídos diferentes, inaccesibles para el ser humano. Las cresolas divinas perciben las vibraciones del dolor, del sufrimiento, en particular las cresolas de la Madre Divina. Gracias a la sordera, Beethoven pudo elevar la oración por toda la humanidad.

Beethoven en Solovkí

Beethoven visitaba las islas de Solovkí junto a la Madre Divina y hacía sonar sus adagios. ¿Qué mensaje transmiten? Que lo pasional es el sentido de la encarnación en la Tierra. No evites el sufrimiento, la soledad, la inadecuación, el desierto, el menoscabo, el abandono, la traición, los estados en los que no te sientes correspondido ni puedes expresarte bien… ¡No lo evites!

—¿Cómo no evitarlo? Pero entonces, ¡¿dónde está el amor?! ¿Acaso no vine para conocer “un amor superior al que está en los cielos”? ¿Es que Dios me ha engañado? ¿Cómo puede ser compatible su amor paternal con la injusticia indignante? ¿Cómo puede admitir el Padre que sus hijos pasen sufrimientos insoportables? ¡Rechazo a un Padre así!

—Espera —dice la Sabiduría por la boca de Beethoven—. Para entrar en el Amor Más Allá de los Límites, hay que pasar el Pasional: ser privado de lo que es más querido (prójimos, esperanzas, expectativas personales, talentos, la vida)… El hombre es privado de sí mismo. Pero la vida no termina con esto.

—¡No-no-no! ¿Qué sentido tiene? ¿Cómo he acabado en Solovkí? Aquí no hay más que mal. ¡Qué injusticia tan indignante! ¿Por qué? Que yo sepa, no soy culpable de nada…

—Sí, —dice Sofía Pronoia—, tú no tienes la culpa de encontrarte en Solovkí y de morir en tres meses como el último preso. Y cuando dejen tu cuerpo desnudo sobre la carreta, antes de llevarlo al cementerio, romperán tu calavera con un hacha para asegurarse de que has muerto de verdad. —No entiendo nada, —el hombre levanta sus brazos… y después de una profundísima crisis, anegado en lágrimas, escucha la música. Suena desde allí, desde lo profundo del sufrimiento humano más elevado que conoció Beethoven, el gran cristo musical. Su sordera y su soledad fueron su forma de compartir la cruz omnihumana. Y, paradójicamente, derramó el conso

laméntum musical, el consuelo a través de la música del adagio ma non troppo de la Sonata n.º 31. Solo esta música es suficiente para concebir el sentido de la existencia.

En Solovkí, en medio de un sufrimiento más allá de los límites que ningún hombre puede soportar por naturaleza, ¡se revela el amor más allá de los límites!

Beethoven está cerca del lecho mortal de cada alma que abandona este mundo explicándole que la muerte es el resultado de la vida, la acumulación del amor superior.

La muerte es un sumatorio. En ese momento no se hace un simple resumen formal de la vida (quedándose dentro de los marcos del juicio judeocristiano o del karma hindú). En el momento del Tránsito, el alma experimenta el derramamiento de una gracia más allá de los límites y la revelación más elevada sobre el sentido de la encarnación en la Tierra.

Sobre todo en los primeros días y horas post mortem (según el tiempo terrenal), muchas almas pasan cuentas a la Sabiduría en su experiencia de ultratumba. “¿Por qué me has enviado al mundo si he sido abortado en el útero de mi madre, si he perecido en una catástrofe, si me he podrido en un gulag? ¿Qué sentido tiene todo esto?”.

A los sufrientes les hacen pasar a través de la Sala de la Consagración a la Omnimisericordiosa. Contemplan los derramamientos oceánicos infinitos del amor, y sus cruces personales se pierden literalmente como si fueran pequeñitas cruces de madera en la superficie del océano mundial…

Las almas están estremecidas. Aquellos que antes pasaban cuentas ahora dicen: “¡Sí, sí, sí! Tenía que ser así. ¡Ahora damos nuestro consentimiento para llevar una cruz aún mayor, pasar sufrimientos aún mayores, si estas beatitudes son la recompensa por ello!…”.

En el estado pasional más allá de los límites se revela el amor más allá de los límites. Este es el misterio que nos revela Beethoven, el clásico del Segundo Gólgota de Solovkí.

“Pisoteando la muerte con su muerte” no se refiere solamente a Cristo, sino también a Beethoven y Mozart. Vencieron la muerte con la muerte. No tenían miedo de mirar a la muerte a la cara, pasaban por sus puertas.

Solo el que ha pasado la muerte y la ha vencido puede escribir una música así. Solo el que ha pasado la muerte y la ha vencido puede interpretarla.

El adagio ma non troppo de la Sonata n.º 31 es un tratado que supera a todos los tratados filosóficos, religiosos, teológicos y divinamente revelados que tratan sobre la vida y la muerte, así como a la Sexta sinfonía de Tchaikovsky, la Sonata Claro de luna y todo lo que Beethoven escribió anteriormente. Supera a cualquier música de este mundo. ¡Es el réquiem de la civilización 84!

Lo inapreciable de esta música consiste en la consagración como un misterio tan grandioso que no puede ser expresado con palabras.

Beethoven, absolutamente sordo, no vive en este mundo, declara su amor. Sí, la cruz que Dios le dio le quitó todo. Escribe su música sin escucharla —aunque también la escucha—, vive sin vivir… ¡Y en su corazón no hay nada además del amor!

Interpretar a Beethoven de modo auténtico, conforme al nivel del autor, es hacer regresar al ser humano al seno divino del que cayó por culpa de tecnócratas como Liszt.

*

La mirada académica sobre los clásicos de Viena trata a Haydn como el más simple de todos, Mozart sería el segundo por su complejidad y después Beethoven. Para interpretar a Haydn es suficiente con haber realizado algunos estudios medios, para interpretar a Mozart habría que haber terminado los estudios medios y el profesional, y para interpretar a Beethoven ya sería necesario haber realizado los estudios de nivel superior…

¡Nada de esto! En la música, la sucesión histórica no existe. En las obras de los tres genios existe una línea de desarrollo, y esta no es musical, es espiritual. Por supuesto, se produce una cierta complicación formal: Mozart escribe de modo más complejo que Haydn y Beethoven es mucho más complejo que Mozart. Pero aquí se trata de otra cosa.

Primero hay que hallar la bondad de Haydn, y luego ascender al grado del amor de Mozart para, por fin, alcanzar el nivel de la misericordia de Beethoven. La sucesión de estos autores ¡no ha de ser considerada académica o técnicamente, sino de forma providencial!

Beethoven es el más complejo de los tres. El alma del intérprete debe derramar la máxima misericordia, cantar el himno a la inenarrable misericordia Divina que tan solo puede ser concebida a través de la cruz sin límites del gólgota.

La oración por la misericordia más allá de los límites

La música de Beethoven es la oración por la misericordia más allá de los límites:

“¡Padre, en el mundo hay tanto mal! Pero Tú eres ilimitadamente misericordioso. ¡Cifro mi esperanza en Tu misericordia infinita! La has mostrado a miles de elegidos arrancándolos de las garras de la muerte en campos de concentración, cámaras de gas… Algunos no consiguieron salvarse, pero también ellos hallaron la beatitud.

Si es posible, elimina los dolores insoportables en el mundo. ¡Haz la vida humana luminosa y beata como Tú eres, Padre nuestro solar, ¡nunca oscurecido por el mal!”.

*

La fórmula de Beethoven-Mozart sería la siguiente: la espiritualidad es igual a la genialidad. El concepto tiene prioridad sobre la forma de expresarlo.

  • La primera condición para interpretar a Beethoven de forma auténtica es su carácter totalmente amundano. Es necesario entrar en las esferas beethovenianas, crear la música con su nobleza caballeresca, alcanzar sus alturas de compasión más allá de los límites. Sin este ascensor de la torre-rascacielos de un millón de plantas que se clava en el cielo, ni siquiera merece la pena acercarse al teclado del piano.
  • La segunda condición indispensable es entrar en la esfera. Vivir transgrediendo los límites de la propia personalidad. Tener algo que ninguna palabra puede expresar. Afinarse a sí mismo conforme a una escala celestial que no tiene análogos en la Tierra. Elevarse en alma y espíritu a otros mundos luminosos y eternos.
  • Es imposible tocar a Beethoven más allá de la esfera conceptual; en los marcos del fariseísmo musical: forte, piano, legato, staccato, etc. Resultará un delirio, un soplo sin sentido. Las partes lentas, y en realidad todo Beethoven, es entrar en el castillo de Sofía Pronoia, la Sabiduría Sempiterna: la Sala de la Iniciación.
  • Los elementos que favorecen la elaboración de la substancia de la misericordia son: la cruz y lo pasional. Es necesario pasar pruebas, cruces, enfermedades…, pero al mismo tiempo vivir en el amor infinito, la compasión, la larga paciencia, el servicio desinteresado a los prójimos, a los que incluso hay que estar dispuesto a adorar hasta sentirse capaz de sacrificar por ellos lo que sea necesario: la propiedad, los pensamientos e incluso la propia vida.

Durante la interpretación de Beethoven, los fortísimo son insoportables. Es menester captar la entonación de la sabiduría infinita, del amor y la omnimisericordia sin límites.

Hay que acercarse a sus obras solo con esta orientación, en particular a las partes lentas, si queréis beneficiar al oyente y no solo cambiar su humor hacia un agradable estado de ánimo pasajero.

*

Beethoven es mi conciencia interior, mi censura interior. Después de entrar en la esfera de este grandísimo entre los genios, no puedo escribir o hablar a un nivel inferior al suyo. Soy beethoveniano: un beethoven verbal, litúrgico, musical, oracional, rítmico, pasional…

El músico verdadero debe tocar a la altura de su conciencia espiritual, asimilarla como esfera, para lo cual hay que trabajar otras cosas aparte del instrumento. La esfera debe sonar silenciosamente en el músico durante el resto de sus días y horas de vida.

Beethoven en un sueño lúcido

 

La edad… cinco años o cincuenta cinco… A mi izquierda está el viejo “Becker”… No dejo de admirar a Ludwig. Cabellera lujosa de color castaño, rostro divinamente inspirado. La sordera y su profunda concentración en sí mismo, propia de un titán. Sus ojos miran de modo abstracto, vislumbrando algo. Viste al estilo tradicional del siglo XIX: levita verde, chaleco, camisa blanca.

Aprendemos una nueva pieza. Yo estoy totalmente extasiado. Beethoven me sugiere algo vivamente. Después del estudio, paseamos juntos. ¡Qué honor es conversar con el mismo Beethoven sobre el sentido de la música, sobre la victoria sobre la muerte, sobre las alucinaciones acústicas que acompañaban al sordo compositor! Insisto en afirmarle algo, quiero consolarlo, decirle algo que nadie le ha dicho…

De nuevo al piano, improvisamos al estilo beethoveniano. El genio es todo oídos: “Esto es más interesante de lo que yo había ideado. ¿De dónde lo saca usted?”. “De lo alto”.

*

La creación, o viene de lo alto o no es nada. El potencial creativo se descubre después de superar el narcisismo urbano, la enfermedad de los pequeños demiurgos de andar por casa.

Mozart, a diferencia de un brujo ordinario, sabe que va a compartir una fosa infernal con los vagabundos, nadie lo necesita, está abandonado como el último don nadie… Mozart es dios, Mozart es un vagabundo. Dios y vagabundo es lo mismo.

¡Y qué vida de vagabundo y en qué miseria vivió Beethoven! La mayoría de las cartas guardadas no son reflexiones sobre temas divinos, son peticiones financieras. Vendió un cuarteto por un centavo y una sinfonía por la mitad de otro centavo. Los dioses son vagabundos y los vagabundos son dioses…

No puedo transmitir con palabras cómo los dioses viven su cruz. El exceso de beatitudes y la experiencia acumulada de lo pasional convierten la cruz humana más dura en algo evidente y leve. Las divinidades viven la cruz como una pena luminosa.

*

¡Beethoven no es un clásico ni un genio, sino un dios! Ninguna música existió antes ni después. Dios, y el resto del mundo. Dios, y el resto de las divinidades. Él pide clemencia por toda la humanidad y por miles de otros mundos.

Juan de San Grial

Fuente: Piano como Orfeón III (La interpretación según la partitura interior):  https://cataros.org/libros/el-piano-como-orfeon-iii-la-interpretacion-segun-la-partitura-interior/

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